26.12.09

10 días en la cárcel (1a Parte)

Busco una palabra que describa lo que sentí el día que llegué por primera vez a la cárcel. Ya sé.

Adrenalina.

Casi seis meses después aún recuerdo como subíamos las escaleras para ingresar al interior del penal de Barrientos. Me veo diciéndole a Toño:

"Ojalá hubiera forma de grabar nuestras caras en este preciso momento."

Acabábamos de pasar los puntos de control. El registro, la revisión de todo lo que traíamos, el sello fosforescente y la revisión del sello. Y ahora nos encontrábamos exactamente entre la calle que dividía la zona segura y el interior del penal. ¿Nuestras caras? Llenas de incertidumbre. Silenciosas. Temerosas. ¿Sería una locura? A esta altura, regresar no era una opción. La adrenalina corriendo por el cuerpo con cada latido convertía todos nuestros temores en una curiosidad desbordante, ardiente, que en vez de inmovilizarnos nos empujaba hacia delante, hacia el vacío, hacia una muerte que no podíamos adivinar.

Nos abrieron la puerta, entramos y todo quedó en suspenso. Los balones dejaron de botar y toda la atención se centro en nosotros. Decenas de ojos apuntando hacia nosotros. Siete escuincles enclenques, fresas y sobretodo temerosos. Cada paso que dábamos se hacia pesado pues además de nuestras cosas debíamos cargar con esas miradas que nos miraban atentamente. No era como en un escenario donde la gente te ve con admiración y respeto o por lo menos con ansiedad de que cometas un error. Aquí las miradas eran de medición, de identificación, lacerantes, penetrantes hasta el tuétano para medir quien eres. Cuando uno entra en el infierno sin duda debe haber ojos mirando de esa forma.

Evadiendo las miradas subimos los escalones del patio hacia el área de salones. Ahí todos pudimos respirar aliviados, excitados por nuestras primeras impresiones. Estábamos dentro. ¿Y ahora? No teníamos idea de lo que nos esperaba.

Cuando hago referencia a mis días en la cárcel, o a mis amigos en la cárcel y de la cárcel, me gusta ver la reacción de las personas. Mi forma de decirlo tan tranquila, tan orgullosa, les oprime el corazón. Lo sé, lo veo en sus ojos. Pocos se atreven a cuestionar como es eso, en general desvían el tema, pocos se atreven a preguntar porque tengo amigos en la cárcel o como fue que estuve en la cárcel. Y quien se atreve a preguntar, busca una respuesta que le haga creer que no soy tan peligroso, pues cara de peligroso no tengo.

-"Yo supuse que te habían agarrado grabando algo que no debías y te habían detenido", me dijo Mariana.

Ir a la cárcel fue una decisión sorpresiva. Había caído en la rutina, una rutina que se prolongaría hasta Noviembre, y apenas era mitad de Julio. Acababa de salir de una enfermedad, que atribuyo a una depresión derivada de factores varios como el fin de la universidad, mi anhelante necesidad de viajar que se veía frustrada por deberes escolares y crisis financiera y sobretodo por la revelación de elementos clave en la ya cansada, dañada y pervertida historia "México-Durango". Estaba en proceso de recuperación y no solo de los pulmones. Y como me dijeron en la cárcel. Si uno cae ahí es por algo.

Sin intentar generar más misterio, porque la pregunta imperante (para quien no conozca la respuesta) es: ¿Qué hacías en la cárcel? Fue mi servicio social. Unos compañeros tenían la propuesta de dar un taller de cine para reclusos con una fundación que se dedica a dar talleres a personas marginadas. Le hicieron la propuesta a la fundación, y esta aceptó emocionada. Un taller de cine para reos: CINESCAPE. A mi me invitaron una semana antes de empezar. Querían que los apoyará y diera la parte de edición. El proyecto consistía en 10 sesiones de 8 horas diarias para enseñar a los presos como se hace una película y hacer un cortometraje de animación con lo que se pudiera conseguir ahí dentro. Las reglas de la gente de seguridad del penal fueron simples:

I. No usar ropa beige, ni azul, ni negra, ni blanca.
II. No se podía grabar fuera del salón de clases.
III. Solo los reos aprobados por el personal de psicología podían tomar el taller.
IV. No se nos permitía el acceso a el área de dormitorios.
V. Nunca podía quedarse alguien por separado, debíamos movernos de el baño al salón de dos en dos.

A eso hay que agregar las reglas que la directora de la fundación nos impuso "por nuestra propia seguridad"

I. No dar información sobre quienes eramos (esto es apellidos), donde vivíamos o dónde estudiabamos, ni mucho menos números telefónicos.
II. No hay que creer todo lo que dicen ahí dentro.
III. No se puede grabar nada que no sea con fines de promoción del taller.
IV. En ningún momento nos podríamos separar.
V. Tijeras, cutters y todo el material debía ser contado antes de dejar el salón de clases.
VI. No podíamos hacer encargos especiales para nadie.

Rompimos algunas reglas.

El salón de clases era un cuarto largo separado por unos paneles plegadizos. Las paredes pintadas, viejas, sin vidrios en las ventanas superiores. Los paneles aunque se veían nuevos estaban rotos, no se plegaban bien y nos tomaba unos 5 minutos con la fuerza de los internos acomodarlos de forma que no se cayeran. Los pizarrones de gis, blancos de tantas veces que habían sido utilizados. Y las bancas destrozadas, por la edad y seguramente por un mal uso. No había luz, y la conexión eléctrica necesaria para conectar las computadoras tenía que ser obtenida de conectar una extensión a un cable pelado que volaba por el techo. El proyector no se veía, por lo que era necesario tapar con unas telas y cartulinas las ventanas.

Las clases comenzaron después de más de una hora de presentación. La primer semana era sobre cosas generales sobre el cine: Clase de historia del cine, de guión, de fotografía, de sonido y de edición. Una parte teórica y una práctica/experimental. No quiero hablar mucho sobre las clases, tardaría aquí centímetros de letras. Si no experiencias particulares, cosas que me impresionaron, que se me metieron a la cabeza y continúan taladrandome la mente en las noches sin sueño. La primer semana fue pisar el terreno. Conocer tanto como se pudiera. Teníamos una oportunidad única. Un acceso exclusivo.

Sí, todo es peor de lo que uno se puede imaginar. Ni siquiera yo lo imagino, de todo lo que contaban apenas vimos nada. No vimos como dormían mientras unos en cuartos solos, otros casi 40 en un cuarto de 3 x 2 metros. Tampoco vimos como es que se tenían que amarrar para dormir, y como es que tenían que dormir parados. No vimos como funcionaba el tráfico de drogas, ni la explotación de los nuevos. No vimos los abusos sexuales a los recluidos por violación. Y tampoco vimos como era el dormitorio de las mujeres por lo que no pudimos ver como mujeres vendían a sus hijos ni como los tenían dentro de la celda. Tampoco vimos los abusos de poder ni nos toco presenciar un motín y mucho menos una pelea a muerte. No vimos las armas ni los celulares escondidos. Quizá todo sea un mito. Pero vimos las cicatrices, los tatuajes, oímos sus historias, y vimos sus ojos cuando nos decían que nos podían llevar de dos en dos a los dormitorios, pero que no se atrevían a llevarnos a todos juntos porque no nos iban a poder defender. Alguien dijo: NO, hay riesgo de que los puedan secuestrar. Y fue No.

Nuestro tour más revelador, por así decirlo fue cuando accedieron llevarnos al área de gimnasio. Cruzaba un dormitorio por el exterior, por lo que pudimos apenas ver un poco sobre como eran las celdas, pequeñas y llenas de gente. Llegamos al gimnasio. Barras, pesas, y esas cosas. Sí, era un edén de hombres musculosos. Lastima que el tipo chacal no me va, como le dije a Lalo. Gimnastas, levantadores de pesas, boxeadores, todo el mundo nos dio una probada de lo que podía hacer. El deporte es lo único que te puede ayudar ahí adentro, ya sea para distraerte y mantenerte coherente o para conseguir trabajo como cobrador, golpeador, etc. Recuerdo que pensé que era un criadero de máquinas para matar, muy pocas veces he visto en el exterior alguien con cuerpos en ese desarrollo. Tres horas al día de gimnasio se notaban en los músculos y en lo bronceado de los cuerpos. Ahí adentro también se juega fútbol, obviamente. No nos dejaron subir a las canchas de fútbol, pero pudimos ver la de frontón y nos tuvimos que limitar a jugar con algunos internos fútbol y volleyball en el pequeño patio frente a los salones de clases. Quien me conoce, sabe y se me nota que no soy una persona deportiva y que por el contrario, soy bastante renuente a practicar algún deporte y sin embargo me atreví. Jugué y en algún partido ganamos. Quizá después de todo no sea tan malo. Fuera de ahí no lo he vuelto a intentar.

La hora de la comida era un momento interesante. Entrabamos al interior del penal, pasábamos frente algunos dormitorios hasta llegar a lo que llaman rancho que es donde se prepara la comida. Era nuestro único momento en el que podíamos ver un poco más de como funcionaba internamente. La cocina era administrada por cocineros delegados que ganaban dinero por cocinar y tener acceso a la comida. Era un puesto bastante conveniente. Por supuesto había comida especial para nosotros, y a decir verdad bastante buena, de esa comida llenadora que te deja noqueado de comer tanto. Para los internos la comida era llevada por comisiones especiales en grandes tambos hacia los dormitorios. Era un proceso tardado, por lo que debíamos parar de 2 a 3 horas el taller para que los internos fueran a pasar lista y comer. Cabe mencionar, aunque quizá ya lo imaginen, que la comida para los internos era repulsiva. Ver los tambos de dudosa limpieza llena de comida que tenía un aspecto miserable, un olor nada agradable y como oímos decir un sabor detestable me provoca todavía un nudo en la garganta que amarga cualquier paso de saliva con la esperanza de desanudarlo.

El olor. La directora de la fundación nos dijo: "Solo una cárcel huele así. A basura y adrenalina" Y si, he intentado encontrar de nuevo ese olor y es imposible. Ese olor particular, nauseabundo, filosito, penetrante y diluido con el olor a basura. Como un olor a sudor añejado. Y ahora que lo intento imaginar no es así. No es sudor viejo, si el miedo tiene olor sería eso. El olor a peligro estancado.

Para el viernes de la primer semana nuestros miedos se habían disipado. Estábamos relajados, quizá ahora más preocupados por saber como iba a ser lo de la grabación de los cortos. Aquí, aunque un poco tarde quizá sea coherente mencionar la estructura interna del penal, los que pueden pagar tienen un dormitorio separado, los que son castigados los mandan a un dormitorio especial al que todos le tienen miedo, los abusos son al por mayor. Ahí esta gente que no quiere trabajar, que se la pasa todo el tiempo drogados, historias hay decenas. Miles. Cosas que hacen poner la piel chinita al tiempo que enseñas los dientes y cierras un poco los ojos. El maltrato psicológico es diario. El temor a ser golpeado. La necesidad por dinero, el embaucarse por necesidad con prestadores de dinero que cobran intereses a cambio de trabajo y o golpes. Para sobrevivir se necesita dinero y para conseguirlo hay que idear formas. Vender droga, ser prestamista, bolear zapatos, vender dulces, comida, en fin se puede hacer de todo... hasta vender bombones.

"Te vendo un bombón", dice el recluso A al recluso B. El recluso A sabe que el recluso B tiene dinero para pagarlo. El recluso B pregunta en cuánto. "5 pesos" dice A. B acepta. A se coloca abre un poco los pies para tener equilibrio, gira un poco la cabeza de perfil e infla el cachete y se lo ofrece a B quien con fuerza cierra la mano y con el puño suelta un golpe furioso sobre el cachete inflado de A. Si es suficientemente fuerte A caerá noqueado. B le deja su moneda de 5 pesos en la mano.

Se necesita dinero si quiere comer algo decente, tomar agua, refrescos, para droga, la piedra es bastante popular. También para poder pagar las extorsiones a las que se ven sometidos constantemente. Ver tele tiene un costo, oír radio, escuchar música también. Porque laven la ropa, por poder dormir, hasta para no tener que pasar lista hay un precio. Para poder tener algún desfogue en el dormitorio de las mujeres se puede pagar o ellas pueden pagar para que alguien les haga el favor. Se venden tatuajes, cuadros, pulseras, perforaciones, juguetes de madera, canciones.

El martes de la segunda semana llegó el primer golpe. Si, llevábamos una semana de puros golpecitos, no parecía real era entrar en un juego, en una mecánica, eramos escuchas sin juzgar. Todavía había una línea que separaba su mundo del nuestro. Había una distancia. En mi caso, eso estaba a punto de cambiar de forma diferente en los siguientes días. Los días anteriores hablar de delitos no era algo extraordinario, era tan común que nos viéramos envueltos en una historia de drogas, violaciones, secuestros, robos y fraudes que aunque nos sorprendían no nos alteraban, veníamos preparados para eso.

CONTINUARÁ

5 comentarios:

Adrián López Cruces dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Adrián López Cruces dijo...

Fascinante. Hay tantos detalles inverosímiles (para los que desconocemos por completo ese mundo) que todo el relato sólo puede ser verdad (así suele comportarse la realidad).

Espero la continuación.

Saludos.

|) /\ ® |{ ¥ dijo...

En algún momento debi haber preguntado mas detalles. No estoy seguro pq no lo hice =/

Entonces esperare a poder leer, y preguntare sobre la marcha.

EsthelaGalvan dijo...

creo q fue bueno eso de pasar por ti me entere antes q tu blog

Anónimo dijo...

Sigo esperando la segunda parte porfa

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