22.9.09

Otoño... ¡por fin!

Mientras me comía una hamburguesa en McDonalds, porque desde que regrese de Chicago tengo la costumbre de ir a McDonalds cuando no hay nada mejor que comer, supongo que por cierta nostalgia a mis días de amarillo limón. El punto era que mientras estaba sentado la luz del sol entro por unos 30 segundos de tal manera que de inmediato pensé: ¡Ya es Otoño!

Luego me conecte a internet para verificarlo y así era. Ya entramos en Otoño. ¿Seré yo o de verdad el cielo luce diferente? La gente se mueve con nostalgia, como lenta, pensativa, ausente. Y el aire se respira con olor a Cempazuchitl. Y el año agoniza con cada atardecer. La luz azul de la prenoche que anuncia un invierno cercano que le pondrá punto final a las alegrías que la primavera y el verano trajeron este año. Huele a camotes, a calaveritas de chocolate, a azúcar.

Y el corazón se me incendia de emoción.

¡Otoño! ¡Otoño! ¡Otoño! que me suena a Miguel Bosé cantando Hojas secas. Y a Nosoträsh fumando después del café:
Mirarme en tus ojos, oírte charlar,
dejar que me peines en vez de pensar.
Dejarme abrazar por cualquiera,
que sepa mentirme, que bese con fuerza...


Otoño que invita a:
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Otoño que me recuerda a Lalo y a Radio-B.

En fin, creo que quedo claro que estoy extasiado. El Otoño me emociona de sobremanera. Me recuerda disfrutar todo lo que le queda al año. Llorar lo necesario. Caminar en el crepúsculo, sentarme y ver girar al mundo que se acerca inevitablemente al abismo de fin de año. A la oscuridad del frío invierno en el que me hundo en mis cobijas soñando con la nieve que a mi ciudad le falta. Otoño me emociona, me pone de buenas, quizá sea mi época más feliz de cada año. Salvo por Noviembre en el que esta comprobado empíricamente que siempre es el peor mes del año para mí. A estas alturas, lo peor que me podría pasar en este Noviembre es que no sea tan malo como los de los últimos siete años y eso destruya toda mi teoría respecto a Noviembre lo que me lleve a una depresión de incomprensión de los patrones sobre los que se rige mi existencia. Otoño me sirve para pensar, más que en cualquier otra etapa, para ordenarme, para reinventarme y reenamorarme de la vida que pareciese se termina.

(Post dedicado a Lalo que lo conocí un día como hoy, en el equinoccio de Otoño del 2005, cuando apenas era un niño con intenciones de aprender cine y que no conocía la magia otoñal de Nosoträsh)



21.9.09

Un nuevo delirio

Sheldon Cooper.

Sí, el personaje de The Big Bang Theory. Físico teórico con cociente intelectual de 185 y con síndrome de Asperger (aparentemente)... ¿qué más puedo pedir?

Nuestro único problema sería la frecuente lucha de egos... y que en un capítulo hizo una horrorosa confesión: Cree que el cine no se disfruta sin palomitas...:( lo único que le salvo de ser desterrado de mi corazón fue que en una escena en el cine no comía palomitas :)

(Si alguien conoce a alguien así física y sobretodo mentalmente, favor de dejar los datos de contacto)

Con una pizca de vida sexual sería la neta.

11.9.09

1. No hable nunca con desconocidos

El metro llegaba a la estación de destino, cerré mi libro de pasta roja, me levante hacia la puerta para salir corriendo en cuanto se abriera, llevaba algo de prisa porque tenía media hora de retraso para una reunión en la escuela. Una vez en el anden emprendí mi corto camino hacia las escaleras de salida cuando un hombre me detuvo... No.

No me detuvo. Me hablo y yo volví sobre mis pasos. Extrañado de que me hubiera hablado a mi, y no a alguien más que iba por detrás mío.

-Disculpe joven que lo moleste, pero me podría ayudar a cargar esta bolsa para subir las escaleras-, dijo un anciano que cargaba un costal lleno de verduras y otros alimentos.

Por mi mente cruzó por un instante al ver el costal y el bastón del viejo que me iba a retrasar varios minutos más, pero se borró inmediatamente cuando una idea arrolladora estrello en mi cabeza: El primer capítulo de "El Maestro y Margarita"; 1. No hable nunca con desconocidos. En el que dos amigos en un jardín en Moscú tienen la fortuna de cruzarse con un extranjero con el que tienen una discusión sobre si existió Jesús. El extranjero, presentándose como un adivino asegura que sí y que él mismo estuvo ahí cuando fue crucificado. Los moscovitas incrédulos y creyendo loco al adivino piden más pruebas... y para no echar a perder la novela de Mijail Bulgakov, ese encuentro es solo el principio de algo todavía más grande e inimaginable.

Le dije que sí al viejo, le tomé la bolsa, me la colgué y sin pedir permiso me puso su mano en la espalda con gesto inocente y amable. No me molesto en absoluto, pero me causó cierta conmoción tanta familiaridad, llegué a pensar que quizá era gay (ahora me da risa lo que causa cierto gesto humano). Se llamaba Manuel, tenía 82 años, me lo dijo mientras caminábamos hacia las escaleras. Hablaba sobre lo caro que estaban las cosas en la merced, luego habló sobre su esposa que no sé podía mover, que ya no tenían en la casa nada para comer y que para eso había ido a la merced. Un calor particular me tomó por sorpresa, quizá diría que me emocionó. Luego me preguntaba cosas como mi nombre, a dónde iba y si llevaba prisa a lo que respondí con la verdad, salvo a esta última pregunta a la que afirmé que iba con tiempo. Me ofrecí a ayudarle con las otras escaleras que dan a la superficie, su forma de caminar me pareció más rápida de lo que esperaba.

Por mi mente, las palabras que pronunciaba se mezclaba con una idea extraña, influida por el libro. Tenía la sensación de que aquel pequeño encuentro iba a ser trascendente de alguna forma y en más de una ocasión tenía la impresión de que era el único que veía a ese señor. O por qué me había hablado a mi por sobre todas las personas que bajaron del metro, aún cuándo ya estaba algunos pasos adelante. Las palabras de Bulgakov corrían por mi cabeza de una manera tal, en mi sugestión no llegué a dudar que en cualquier momento me confesaría que algo iba a pasar o que simplemente algo pasaría, algo que cambiaría mi vida para siempre. Subimos las segundas escaleras y aunque estaba dispuesto a acompañarlo hacia su camión con dirección a su casa, él se detuvo en el final de las escaleras y me dijo con una voz que hoy me parece misteriosa:

-Oye, Fernando, ¿no te molestas si te doy una ayuda para tu pasaje?

Respondí que no era necesario, que no se molestará. Y aunque yo lo hubiera llevado hasta el camión él se detuvo y entendí que no quería causar más molestia que al no haber más escalera él podía con el costal que no pesaba tanto y que se sentía avergonzado por no poder demostrar de otra manera que estaba agradecido. Le entregué el costal y el me agradeció con palabras. Nos despedimos y me aleje convencido de que ese pequeño acontecimiento no fue una mera casualidad. Pasos más adelante giré para ver a Manuel alejarse. Tengo esa costumbre de voltear a ver a gente conocida y desconocida alejarse. Sin embargo, los puestos ambulantes me impedían la vista. Tuve un impulso momentáneo de regresar y preguntarle sobre tantas cosas sobre las que creo y sobre las que dudo. Sobre la vida, sobre la muerte, sobre el destino y esas cosas que suelen atormentar a la gente que las piensa demasiado como si él me fuera a dar las respuestas que a veces atormentan a cualquiera. Sin embargo, mis pies avanzaron en la dirección contraria, y no dudaba mientras avanzaba hacia el camión que debía tomar que en cualquier momento mis pies corrieran a alcanzar al viejo aunque fuera solo para verlo subir al camión y asegurarme que no había sido una visión. Subí a mi camión, me senté y "encendido" regresé a mi lectura.

Una noche antes hablaba con un amigo, como lo he hecho con varios sobre el destino. Y con gran parte de ellos he tenido discusiones que no nos han llevado más que a declararnos inútiles para convencernos. Como pegarse contra la pared. Suele pasar cuando uno habla de esos temas que hasta podrían parecer infantiles y absurdos, que sin embargo, me encantan. Cuando lo conocí él aseguraba que podía decidir lo que el quisiera hacer y ser. -Y esa discusión la he tenido muchas veces- con varios amigos que se jactan de su positivismo y capacidad de decisión, de acción y de triunfo y critican lo fatal, amargado y "conformista" que puede ser, sólo me enoja lo último. No es que sea conformista, es que funciono a la inversa. Mientras ellos miran hacia adelante y hacia lo que van a conseguir. Por mi parte estoy intentando ver, mirando hacia atrás hacia dónde voy, porqué y para qué. Odio cuando alguien habla de dejar las cosas ir y no pensar más en ellas porque no te dejan crecer, yo funciono al revés. Lo que vivo no es sino resultado de lo que he vivido y para entender lo que estoy viviendo es necesario hacer un análisis exhaustivo, interminable y quizá improductivo (para darle gusto a mis detractores) de lo que he vivido. Analizar los momentos que parecen trascendentes, recordar palabras y frases de hace 10 años. Recordar momentos, sensaciones y juntarlas con lo que esta pasando ahora para así saber que viene (ojo: no hacia donde voy). Cabe aclarar que soy un coleccionista natural, guardo cosas que recuerden cosas, momentos, lugares, fechas. Y tengo una odiosa manía, según mi madre, por guardar todo. De niño las visitas al mercado no eran para mi sino viajes de recolección en aquel momento, eran de piedras. Ahora son de muchas otras cosas. Entre mis fantasías están saber después de este análisis cuál es mi meta irremediable en la vida, lo que debo hacer y para qué es, eso que haría que todas las cosas que he vivido tengan sentido.

Ya veo a más de uno, haciendo muecas de desaprobación: Sí, traigo ondeando la bandera de la fatalidad... y con el asta afilada para rasgar los estandartes del libre albedrío.

Los espíritus considerados libres se levantan enojados y es aquí cuando empiezan a pensar en que soy tonto, absurdo, religioso, bobo, infantil, etc... pero a decir verdad, me siento más libre que si pudiera afirmar el libre albedrío. Si mi vida esta marcada por un objetivo, una meta, algo que debo lograr, y que irremediablemente lo haré sin la opción de decidir si lo haré o no, sino con la seguridad de saber que para eso estoy aquí, entonces para que preocuparme más que por conocer a base de meras suposiciones, eso sí, hacia donde voy y para qué, que quizá sería lo único que debería ocuparme... y mientras dejo que el plan cósmico, divino, diabólico, o como sea me arrastre hacia dónde debo llegar.

Quizá he oído más a menudo de lo que mi ego hubiese querido oir que en mi vida se ven cosas grandes, muy a menudo me pasa que dejan caer sobre mi una gran confianza sincera sobre lo que seré, otras que me adivinan mi futuro, y no solo gente cercana, sino gente desconocida también... Quizá estoy embriagado de "El maestro y Margarita" y mañana despierte, lea esto y piense que escribo pura tontera, como a menudo me pasa... Seguramente tendré platicas con algún amigo sobre este post, quizá no toquemos el tema para evitar tener una discusión que sabemos que terminará en lo mismo...

pero...

¿Y Manuel? Y si ese acontecimiento tan fugaz, tan cotidiano, tan olvidable se quedo en mi cabeza fue por algo... he hecho más cosas altruistas en mi vida que no tengo tan presentes y quizá algunas que ya he olvidado, tampoco soy tan mala persona, como hoy que le cedí el asiento a una señora con una extraña enfermedad en la piel que la hacia parecer como un personaje semi-diabólico y que sin embargo, la pobre de diabólico no tenía nada... Insisto, no hay casualidades, ni azar... sin embargo, y poniéndome religioso: tengo fe en que al final todo tiene sentido.

"No hable nunca con desconocidos" si es que puede evitarlo, aquí una muestra de lo que le podría pasar, del capítulo primero del libro de "El Maestro y Margarita", y para ponerle fin a este post de 4 am, un pasaje que me emociona de sobremanera:

- Me parece que saca usted las cosas de quicio. Puedo contarle lo que haré esta tarde sin miedo a equivocarme. Bueno, claro, si al pasar por la Brónnaya, me cae un ladrillo en la cabeza.
-Pero un ladrillo, así, de repente -interrumpió el extranjero con autoridad- no le cae encima a nadie. Puedo asegurarle que precisamente usted no debe temer ese peligro. La suya será otra muerte.
-Quizá usted sepa cuál y no le importe decírmelo ¿verdad? -intervino Berlioz con una ironía muy natural, dejándose arrastrar por la conversación verdaderamente absurda.
-Desde luego, con mucho gusto -respondió el desconocido. Y miró a Berlioz de pies a cabeza, como si fuera a cortar un traje. Después empezó a decir entre dientes cosas muy extrañas. -uno, dos... Mercurio en la segunda casa... la luna se fue... seis, una desgracia... la tarde, siete...- y en voz alta, complaciéndose en la conversación anunció-: Le cortarán la cabeza.